UN DEBATE CON LAS CORRIENTES AUTONOMISTAS / La necesidad un debate Ideológico – estratégico en el Uruguay / PARTE 1 / Periódico RP Nº2

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Por Nicolás y Claudio

Introducción

Desde la Juventud Revolucionaria Internacionalista (JRI) creemos que el debate entre las distintas corrientes de la izquierda revolucionaria es fundamental para el desarrollo de una alternativa política anticapitalista. Luchamos por una sociedad sin clases y sin Estado, una sociedad que permita liberar las capacidades de la humanidad. Para llegar a este objetivo debemos terminar con la explotación del hombre por el hombre, lo que implica poner fin al capitalismo, un sistema que condena a la inmensa mayoría de la población mundial a la miseria y a trabajar para un burgués que se apropia de lo que producimos.
El capitalismo no caerá solo y para lograr este objetivo es necesario contar con una estrategia que nos permita vencer y por lo tanto una teoría revolucionaria que oriente la práctica revolucionaria. Por eso para nosotros cobra real importancia discutir y debatir fraternalmente con otras corrientes políticas sobre los principios en que debe basarse esa estrategia.
En esta instancia trataremos de abordar a las corrientes autonomistas, ya que vemos que en Uruguay, hay sectores juveniles e incluso trabajadores (algunos empezando a organizarse) que hoy en día simpatizan o se aproximan a sus posturas.

¿Qué es el autonomismo?

Es una de las principales teorías y prácticas políticas de las últimas décadas, que ha influido a un espectro amplio de movimientos como el Zapatismo, el movimiento de indignados de España, el Foro Social Mundial, Black Block, etc. Esta corriente tiene diferentes variables que van de posturas moderadas hasta otras más radicales. Aun así se pueden rastrear elementos que hacen a una identidad común. Entendemos que la obra de Antonio Negri a nivel internacional y de Raúl Zibechi en Uruguay nos permite aproximarnos a los ejes fundamentales de esta corriente, por lo cual intentaremos refutar y criticar sus postulados.
El autonomismo cobra fuerza en la década del 60 a partir de las luchas obreras y estudiantiles de Europa, en especial en Italia, con acciones directas como ocupaciones de las universidades y fábricas como la de FIAT en 1968 y enfrentamientos frecuentes con la policía. Es en este contexto que aparece el Obrerismo, corriente en la que militaba Antonio Negri.
Esta oleada de luchas de clases fue derrotada y desviada por el Partido Comunista Italiano que logra el segundo lugar con un histórico de 35 % de los votos en las elecciones nacionales de esos años.
A partir de esta derrota los “obreristas” comienzan a cuestionar la idea de centralidad de la clase obrera como sujeto revolucionario, critica que sería retomada y profundizada por los autonomistas.
El autonomismo comenzará a hablar de la “multitud” como posible sujeto emancipador, un conjunto más o menos difuso compuesto de estudiantes, desocupados, precarizados, y otros sectores subalternos, que no se propone tomar el poder del Estado, ya que para los autonomistas esta acción puede terminar en totalitarismos. En su análisis de la experiencia histórica equiparan al bolchevismo con el estalinismo por lo cual terminan negando la lucha por la toma del poder estatal.
Desde la JRI discrepamos sobre estas dos tesis que parten de una visión parcial y equivocada de la Revolución Rusa. El autonomista extrae la conclusión que el estalinismo es la continuación natural de las ideas de Lenin y Trotsky. Compartimos la crítica a la burocratización y totalitarismo de la década del 30, pero para nosotros con el liderazgo de Stalin hubo una ruptura estratégica y política con las ideas de Lenin y el propio Marx . Obviar este hecho, es dejar de lado la mejor tradición de los bolcheviques rusos, que en la atrasada Rusia expulsaron a la burguesía.

La inconsistencia de la tesis del “fin del trabajo”

Al trascurrir las décadas de los 80, 90 y los primeros años de siglo XXI se desarrolló en profundidad la tesis del “fin del trabajo” , basado en la teoría social propuesta por Antonio Negri, Michael Hardt y John Holloway, producto del impresionismo frente a la revolución científica-técnica operada en los años 70 y al pasaje del modelo de organización del trabajo fordista al Toyotista (con su supuesta mayor autonomía para el trabajador). Postulan que ha surgido una “nueva economía” donde los salarios representan una fracción reducida de los costos de producción desechando la ley del valor y el lugar del trabajo en la producción. Pero nos preguntamos ¿Es observable una disminución generalizada del trabajo asalariado en el capitalismo contemporáneo?
En la década de los 90 cuando está en boga la tesis del “fin del trabajo”, el Banco Mundial hablaba de la existencia de 2806 millones de trabajadores asalariados, de los cuales 550 millones trabajan en la industria, 850 millones en los servicios y el resto en la agricultura. Por primera vez en la historia los trabajadores asalariados y su periferia semi-proletaria son la mayoría de la población mundial de los 7000 millones de personas que se contabilizan en el 2011. Por tanto, no hay tal “fin del trabajo” asalariado en la reproducción del capitalismo que sustente socialmente tal tesis.
Consideramos que existen fenómenos de reconfiguración de la clase trabajadora, pero afirmar su desaparición es una conclusión apresurada, como apresurado es pensar la posibilidad de llegar al comunismo sin un momento de transición, que para los marxistas revolucionarios es la dictadura del proletariado.
Tomamos del sociólogo Ricardo Antunes la caracterización sobre la reconfiguración del trabajo en el sistema capitalista: a) la reducción del proletariado manual, fabril estable, típicos de la fase taylorista y fordista, aunque de distinto modo según las particularidades de cada país y su inserción en la división internacional del trabajo; b) El enorme aumento en todo el mundo de los sectores asalariados y del proletariado en condiciones de precariedad laboral, aumento explosivo, paralelo a la reducción del número de empleos estables, de la cantidad de trabajadores hombres y mujeres bajo regímenes de tiempo parcial, es decir, asalariados temporales; c) aumento notable del trabajo femenino (en algunos países llegando al 40 o 50 % de la fuerza laboral), tanto en la industria como en el sector de servicios, configurando una nueva división sexual del trabajo; d) expansión en el número de asalariados medios en sectores como el bancario, el del turismo, los supermercados, es decir, los llamados “sectores de servicios” en general; e) exclusión del mercado de trabajo de los “jóvenes” y los “viejos” . El sociólogo brasileño nos plantea contra la tesis del “fin del trabajo” que el capital ha conseguido ampliar mundialmente las esferas del trabajo asalariado y de la explotación en diversas modalidades de precarización, sub-empleo, trabajo part time.

La centralidad de la clase trabajadora

Lo que prima no fue la desaparición de la clase obrera sino la tercerización y precarización de un gran sector de ella. Ninguno de estos cambios hizo desparecer a la clase trabajadora como sujeto social, ni le quitaron su peso estratégico. Es aún hoy el único sector social que puede poner en jaque al sistema, en alianza con otros sectores oprimidos y tomando las reivindicaciones del estudiantado, luchando contra la opresión a la mujer, de los indígenas, los campesinos, y demás sectores oprimidos. Para ello debe tener independencia política y un programa propio, donde se construya en sujeto para sí.
Pensemos en nuestro país el poder de lucha de miles de trabajadores de ANCAP o UTE, que pueden trancar el suministro energético y gestionarlo bajo control obrero en base a las necesidades del pueblo pobre.
Raúl Zibechi afirmaba en 1999 que en la mayoría de los movimientos sociales de los últimos 30 años la clase obrera había estado ausente. Se refería al proceso objetivo y subjetivo de retroceso de la clase obrera a nivel internacional producto del desvío y derrota de revoluciones que dieron aire a la larga noche neoliberal encabezada por Reagan y Tatcher. Es sobre este proceso que Zibechi comienza a cuestionar la premisa de la clase obrera como el sujeto social que puede llevar adelante el cambio revolucionario. Esta afirmación se refutaría años después con la recomposición objetiva y subjetiva de las filas obreras, que llevó a importantes fenómenos a partir de la crisis capitalista internacional, tales como las huelgas generales en Grecia contra los ajustes, en Francia contra el recorte de pensiones y jubilaciones, en Sudáfrica con las grandes huelgas mineras, o las rebeliones salvajes en Bangladesh y regiones de china como expresión de nuevas clases trabajadora a partir de la reconfiguración de la división internacional del trabajo. En este sentido, podemos afirmar que la premisa que mantiene su vigencia no es la de Zibechi, sino la Karl Marx donde la contradicción fundamental de nuestras sociedades sigue siendo capital-trabajo.
El marxismo revolucionario no desprecia las luchas parciales (luchar por mejoras salariales, ganar un plebiscito, etc.) pero lo que se plantea es que deben ser aprovechadas para demostrar las bases reales de la opresión, de la explotación, que parten del mismo sistema capitalista, y que en última instancia todas estas luchas, son oscilantes en el tiempo, y que un viento a favor de la burguesía nos lo puede arrancar, y ello dependerá si estamos mejor preparados objetiva y subjetivamente.
Es inevitable que en el proceso de la lucha de sectores de trabajadores y del pueblo pobre saquen lecciones más claras de estos procesos. Para ello el programa y la estrategia revolucionaria deben ser claras, en la síntesis de lecciones de las batallas históricas del proletariado. Cuando la vanguardia obrera forma sus partidos revolucionarios se plantea consciente de su potencial revolucionario y las tareas históricas que debe tomar. Estos aspectos estratégicos referentes a “qué organización revolucionaria necesitamos”, así como “la toma del poder”, que sabemos son algunas diferencias sustanciales entre el marxismo y el autonomismo en general. Estas serán desarrolladas en la “Parte 2” de este documento.

Las consecuencias prácticas de las teorías autonomistas

Toda práctica política tiene tras de sí una concepción del mundo. A la luz de la lucha de clases de fines del siglo pasado y de comienzos de este siglo, que tuvo a los campesinos y demás sectores populares en el centro de la escena, algunas variantes del autonomismo pasaron de negar al estado a vaciarlo de contenido de clase. Es así como en Bolivia, un referente importante de esta corriente como Álvaro García Linera terminará gestionando el dependiente estado boliviano junto a Evo Morales. O bien la joven formación PODEMOS en el Estado Español que basándose en la indignación de sectores juveniles contra la casta política ligada a banqueros y empresarios, hoy se presenta con un discurso “ciudadanista” como una alternativa confiable para administrar los negocios capitalistas sin cuestionar las bases sociales del Estado.
Mientras tanto, la variable con más influencia en importantes sectores de vanguardia en América Latina, el Zapatismo mantiene su postura alternativista con respecto al estado, pero reducido a una estrategia de poder territorial sobre determinadas regiones, sin la estrategia de cuestionar el poder central de la burguesía mexicana y del imperialismo. Esto lo podemos ver hoy en la impotencia de esta corriente en la lucha contra el narco-estado y la política reaccionaria del régimen mexicano.
1 Para un desarrollo critico sobre la noción de “multitud” de Antoni Negri y su libro Imperio ir a ¿Comunismo sin transición? De Christian Castillo. http://www.ft.org.ar/estrategia/ei17/ei17negri2.htm
2 La lucha por los cambios sociales sin ir más allá del capitalismo: Una polémica con las estrategias autonomistas. De Luis Montenegro. http://www.ptr.cl/publicaciones/wp-content/uploads/…/06-Autonomismo.pdf
3 Ver Imperio; Negri Hardt (2000) y El exilio; Negri (1998)
4 Ver Michel Husson ¿Porque una teoría del valor? (2001) y ¿Fin del trabajo o reducción de su duración? (2001)
5 El nuevo sujeto antagonista que presenta Negri “sujetos sociales independientes y autónomos” dado en un trabajo cognitivo como trabajo vivo y no muerto en el capitalismo, se desprende que tal sistema produce sujetos no alienados en un aspecto económico. El primer factor de la alienación, es la separación de las personas al libre acceso a los medios de producción y a los medios de subsistencia, esto obliga a la persona a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario para poder subsistir. Considerando los datos sobre trabajadores asalariados, vemos que no ha cambiado sustanciales en la relación que el trabajador venda su fuerza de trabajo, sea “cognitiva” o manual, a un patrón que dicta las reglas de su uso.
6 Ricardo Antunes, “Los nuevos proletarios del mundo en el cambio de siglo”, en Revista Realidad Económica 177.http://www.iade.org.ar/modules/noticias/article.php?storyid=677

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